Título / Title:
N/A
Año / Year:
2015
Descripción / Description:
Dispensador de dulces PEZ, Richard Nixon
Dimensiones / Dimensions:
12 h x 4 w x 3.3. d cm
Lugar de procedencia / Origin:
EUA
Notas:
Incluido en set Presidents of the U.S.A. vol. 8, PEZ Candy, Inc.

Esta es la historia de una caries.

Ricardo está de pie en la cocina, recargado sobre el lavavajillas. Mira a su madre cortando zanahorias, tajadas redonditas ruedan sobre la tabla de madera. El lavavajillas sí que ahorra tiempo, dice su madre en voz alta. Ricardo se come un dulce de cereza. En la tele, el noticiario recuerda la misión Apolo 11, hace cincuenta años que una nave norteamericana llegó a la superficie de la luna. El presentador batalla con los términos, no se dice aterrizaje, se dice alunizaje. El fondo de la olla vacía sobre la estufa le recuerda la última vez que vio la luna llena. Ricardo se come otro dulce.

Su madre sigue cortando vegetales. Ahora son papas, a veces las corta en julianas, pero hoy las corta en cuadritos. Ha puesto agua en la olla, también las papas y las zanahorias y un puño de arroz. Las papas, las zanahorias y el arroz van primero porque tardan más. Está haciendo caldo, aunque hace 30 grados afuera. Ricardo se come el tercer dulce.

Hace varias horas, su madre le pidió que sacara el pollo del congelador. Fue en ese viaje a la cocina cuando Ricardo encontró los dulces de cereza en un estuchito de plástico rojo rematado por la cabecita de un hombrecito en traje. Richard Nixon, decía la cajita. Mi tocayo, pensó Ricardo.

El agua está hirviendo y Ricardo se come otro dulce. Con unas tijeras filosas, su madre corta las piernas, las alas y la pechuga en dos. Las pone en la olla con un puño de sal y cilantro. ¿O es perejil? Ricardo se come otro dulce.

Su madre corta tallos de apio que rechinan cuando el cuchillo los atraviesa. Desgrana una mazorca y se debate en si cortar el chayote o no. Sí, el chayote es muy nutritivo y, si se hierve, no sabe a nada. Todas las verduras están en la olla. Ricardo se come otro dulce. El agua hierve y espuma blanca corona el caldo. Es la suciedad del pollo, hay que quitarla con cuidado, dice su madre haciendo una mueca de repugnancia.

Treinta minutos después, toda la casa huele a lo que muchos dicen que huele un hogar, aunque es el mismo olor de los lugares de comida corrida. El caldo está listo, pero Ricardo no tiene hambre porque se comió todos los dulces antes de la cena.

Un tintero con sangre, otro con tinta negra. Uno se disfraza con mentiras y el otro las reivindica.

Es similar el accionar de un dispensador de Pez al de una pistola. Con cuatro dedos se sostiene un brazo largo y con el pulgar se carga el cañón. Para alguien como Richard Nixon, la historia nos hace creer, no hubo mucha diferencia entre un acto y otro.

Al igual que muchos, crecí con la fascinación provocada por un atlas mundial. Una ventana hacia lo desconocido. Conocer selvas, desiertos, vestimentas y dogmas políticos a través de las frágiles páginas de un mapa desactualizado. Resignarse a nunca conocer los bosques empapados de lluvia y de sangre de la región que los colonizadores bautizaron como Indochina.

Pero un atlas funciona como un símbolo más literal para la exploración geográfica de aquello que sabemos que nunca conoceremos. Al crecer, me di cuenta que poco revela más que la comodificación de algún personaje histórico que justamente fue el responsable de empapar las fértiles tierras del sureste asiático con napalm y agente naranja. Las palabras de Nixon, nos revelaron los periodistas que lo acusaron de espionaje con el caso de Watergate, valen menos que una pastilla cuyo sabor ya ni siquiera recordamos.

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